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Legados solidarios: la fuente de ingresos que casi ninguna entidad pequeña se atreve a pedir

El legado solidario es una de las vías de financiación más estables que existen y una de las menos trabajadas por las entidades pequeñas, porque exige hablar con los socios de algo incómodo: qué pasará con lo suyo cuando ya no estén. Esta nota explica por qué merece la pena vencer esa incomodidad y cómo empezar sin parecer un buitre.

Mario Pablo Sánchez Barrón Fundador · Startidea ~ 3 min de lectura Para tercer sector

Hay una fuente de financiación que es estable, que no depende del ciclo político ni de convocatorias, que no exige justificar cada euro ante una administración, y que casi ninguna entidad pequeña trabaja.

No la trabajan porque para pedirla hay que hablar con los socios de algo que nadie quiere mencionar: qué pasará con lo suyo cuando ya no estén.

Se llama legado solidario. Y el pudor a nombrarlo cuesta al tercer sector más dinero del que nadie calcula.

Qué es, y qué no es

Un legado solidario es la decisión de una persona de dejar en su testamento parte de sus bienes a una entidad social. Puede ser una cantidad concreta, un porcentaje, un inmueble, un seguro de vida. No exige un gran patrimonio. No exige desheredar a la familia: es perfectamente compatible con dejar a los tuyos lo que les corresponde.

Y no es —esto importa— cosa exclusiva de las grandes fundaciones. Cualquier entidad constituida, con unos años de trayectoria y una base social fiel, puede recibir legados. El mito de que “eso es para las grandes” existe solo porque las grandes tienen equipos dedicados a pedirlo. La materia prima del legado no es el tamaño del equipo: es el afecto acumulado. Y ahí una asociación pequeña con socios de veinte años juega con ventaja.

Por qué cuesta tanto empezar

Porque toca la muerte. Y porque existe el miedo a parecer un buitre que ronda a los socios mayores esperando su herencia.

Ese miedo es legítimo, pero se resuelve con el tono, no con el silencio. La diferencia entre acompañar y acechar está entera en cómo se plantea:

  • Informar, no presionar. Que la opción exista y se conozca. Una línea en la web. Una mención serena en la memoria anual. Una carta al año, sin insistencia.
  • Ponerlo fácil. Información clara sobre cómo se hace, apoyo con el trámite, un contacto que resuelva dudas sin vender nada.
  • Cero persecución. No se persigue a personas vulnerables ni se pide a nadie que se apresure. Se acompaña una decisión libre.

Hecho así, no es oportunismo: es dar a quien te quiere la posibilidad de seguir apoyándote de la forma más profunda que existe.

La inversión más lenta y una de las más rentables

El legado tiene una característica que explica por qué tan pocos lo trabajan: tarda. Entre que alguien incluye a tu entidad en su testamento y el legado se materializa pueden pasar muchos años. No hay retorno este trimestre. No hay foto para la memoria de este ejercicio.

Por eso las entidades que esperan a “tener tiempo para esto” no empiezan nunca. Y por eso el momento correcto de empezar es siempre ahora: lo que se siembra hoy se recoge dentro de una década, y quien no siembra hoy no recogerá nunca.

Si tu entidad ya ha construido una base social fiel y trabaja la captación individual, el legado es el paso siguiente natural: la forma más duradera de esa misma relación. No pide más socios. Pide profundizar en los que ya te quieren.

La pregunta incómoda —“¿has pensado en dejarnos algo el día de mañana?”— no la tiene que hacer nadie a la cara. Basta con que la respuesta esté disponible el día que un socio, por su cuenta, se la haga a sí mismo.

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