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Cómo escribir la memoria técnica de una subvención que puntúa alto

La memoria técnica decide la mayor parte de la puntuación de una subvención, pero casi siempre se redacta para describir el proyecto en vez de para responder al baremo. Esta guía explica qué pide cada apartado, cómo escribir para los criterios de valoración y qué errores descartan memorias técnicamente buenas.

Mario Pablo Sánchez Barrón Fundador · Startidea ~ 5 min de lectura Para tercer sector

La mayor parte de la puntuación de una subvención se decide en la memoria técnica. Y la mayor parte de las memorias técnicas se redactan mal por el mismo motivo: describen el proyecto en lugar de responder al baremo. La diferencia parece sutil, pero es la que separa una candidatura que entra de una que se queda fuera con un proyecto perfectamente válido.

La memoria no describe: responde

Antes de escribir una sola línea conviene tener claro qué hace el evaluador. No lee la memoria buscando un buen proyecto. La lee con una plantilla de criterios de valoración delante —el baremo— y va asignando puntos: tantos por la calidad del diagnóstico, tantos por la coherencia de los objetivos, tantos por el sistema de evaluación, tantos por la experiencia de la entidad.

Eso significa que la memoria técnica no es un relato. Es la respuesta, apartado por apartado, a las preguntas con las que te van a puntuar. Si el baremo da 15 puntos a “calidad y medición de los resultados” y tu memoria no incluye indicadores, esos 15 puntos no se pierden por un mal proyecto: se pierden por una mala memoria.

Por eso el primer paso no es redactar, es leer la convocatoria y su baremo antes de escribir nada. Quien escribe sin tener delante los criterios de valoración escribe a ciegas.

La estructura, apartado por apartado

Cada convocatoria tiene su modelo, pero casi todas piden los mismos bloques. Lo que cambia es qué tiene que conseguir cada uno para puntuar.

Diagnóstico o justificación de la necesidad. No es la historia de la entidad. Es la prueba, con datos, de que el problema existe, es relevante y está mal cubierto en ese territorio. Cita fuentes: estadística oficial, estudios, datos propios de la entidad. Un diagnóstico genérico (“la exclusión social es un problema”) no puntúa; uno situado (“en este distrito, el X% de los hogares con menores está bajo el umbral de pobreza, según…”) sí.

Objetivos. Un objetivo general (la dirección) y varios específicos (lo concreto y medible). El error habitual es escribir objetivos que no se pueden medir. “Mejorar la calidad de vida” no es un objetivo evaluable; “que 40 personas mayores en soledad reciban acompañamiento semanal durante 9 meses” sí. Cada objetivo específico debería poder convertirse después en un indicador.

Actividades y metodología. Qué se hace, cómo y por qué ese cómo. Cada actividad debe enlazar de forma evidente con un objetivo específico. Si hay una actividad que no responde a ningún objetivo, sobra; si hay un objetivo sin actividades que lo sostengan, falta. La coherencia entre objetivos y actividades es uno de los criterios que más se penaliza cuando falla.

Cronograma. Realista y coherente con las actividades y el presupuesto. Un cronograma que concentra todo en el último mes o que no encaja con el periodo subvencionable resta credibilidad a todo lo demás.

Población destinataria. Quién se beneficia, cuántos, con qué criterios de acceso. Cuanto más concreto, más creíble. “Personas en riesgo de exclusión” puntúa menos que un perfil definido con número estimado y vía de captación.

Resultados esperados e indicadores. Aquí se gana o se pierde una parte enorme de la puntuación, y es el apartado peor resuelto en la práctica. Cada resultado necesita un indicador (qué se mide), una meta (cuánto) y una fuente de verificación (cómo se demuestra). Sin esto, el evaluador no puede puntuar la medición aunque el proyecto la haga bien.

Evaluación y seguimiento. Cómo se va a saber si el proyecto funciona, no solo al final, sino durante. Un sistema de evaluación sencillo pero real puntúa más que una declaración de intenciones.

Experiencia y capacidad de la entidad. La prueba de que se puede ejecutar lo que se propone: proyectos similares, equipo, recursos. No es autobombo; es evidencia de solvencia técnica.

El error de fondo: escribir el proyecto, no la memoria que puntúa

Casi todas las memorias que no puntúan comparten el mismo origen. Quien las escribe conoce su proyecto al detalle y lo vuelca en el papel tal como lo vive. El problema es que el evaluador no vive el proyecto: solo tiene el papel y el baremo. Lo que para dentro de la entidad es obvio, fuera no existe si no está escrito y, sobre todo, si no está escrito donde el criterio lo busca.

La consecuencia: memorias con un proyecto excelente y una puntuación mediocre. No por falta de calidad, sino por falta de traducción. Escribir la memoria técnica es, en buena parte, un trabajo de traducción del proyecto real al lenguaje y la estructura del baremo.

Errores que descartan memorias técnicamente buenas

  • Objetivos no medibles. Sin meta cuantificada, el apartado de resultados no puede puntuar.
  • Actividades desconectadas de los objetivos. Rompe la coherencia interna, que es un criterio explícito en muchos baremos.
  • Diagnóstico sin datos. Afirmar la necesidad sin probarla con fuentes deja sin sostén el resto de la memoria.
  • Ausencia de indicadores y sistema de evaluación. El error más caro y más frecuente.
  • Presupuesto que no cuadra con las actividades. Si una actividad importante no aparece en el presupuesto —o al revés—, se penaliza la coherencia.
  • Superar los límites de extensión. Algunas bases excluyen por pasarse de páginas o caracteres por apartado.
  • Copiar y pegar de una convocatoria anterior. Cada baremo es distinto; una memoria reutilizada sin reescribir para los nuevos criterios casi siempre pierde puntos.

Antes de redactar: el encaje

Una memoria impecable para una convocatoria sin encaje es tiempo perdido. Antes de invertir las 12-20 horas que cuesta una memoria seria, conviene confirmar que los criterios de valoración favorecen a tu tipo de entidad y de proyecto, y con qué puntuación máxima realista podrías presentarte. Si el encaje no existe, lo barato es saberlo antes; si existe, se redacta desde una posición informada. Es el mismo cálculo que explica cuándo compensa tramitar internamente o externalizar.

Y cuando el proyecto se conceda, la memoria técnica vuelve a importar: la justificación se evalúa contra lo que prometió. Por eso conviene escribirla pensando ya en cómo se va a justificar después sin sustos.


Startidea redacta memorias técnicas mapeadas al baremo de cada convocatoria, no plantillas genéricas. Si ya tienes una convocatoria identificada, el Copiloto de Subvenciones empieza por ahí: con la convocatoria y los datos de tu proyecto, en 24 horas tienes un análisis de encaje y la estructura de la memoria adaptada a sus criterios. Si aún no sabes qué hay abierto, el catálogo de convocatorias lista solo las que el equipo ha revisado y está tramitando ahora mismo.

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